05/11/2013

Más allá de la cámara



A J.S., visitante ilustre de este territorio meteco

Del otro lado de la mesa, más allá de la cámara y sus lentes, más allá del humo de cigarros y de inciensos, están los diálogos retomados en persona después de años. O dicho en el idioma de la amistad, de unas milésimas de segundos, tan sólo el aire que uno toma para continuar la conversación tras meditar brevemente sobre cómo respetar la dialéctica ascendente que todo intercambio del logos supone. Puedo ver, como emergiendo de entre las volutas del denso humo, a un amigo, largas caminatas junto al mar, interminables palabras, un buen vino tinto y un cigarro. Delante de la cámara, está el que no fuma. En la ausencia está la presencia, y en ella, a su vez, otra vez la ausencia.

Frente a la cámara, invisible a sus sentidos, se mueve la música al ritmo de la voz del último amor imposible que canta a garganta partida

Hallo ich bin Sehnsucht
ich bin Glück
und ich bin Not.
Hallo ich bin Herz
und ich stell mich oft tot.

Entre el humo y la cámara la única luz está en las velas y a su alrededor está el teatro. Esa superficie en la que todo está permitido porque es el espejo que refleja lo que tiene enfrente, porque no olvides que es comedia nuestra vida y teatro de farsa el mundo todo que muda el aparato por instantes y que todos en él somos farsantes. Un niño echando humo de habano, una invitación al Münchner Kabarett um 1900 o uno de los grandes cantautores alemanes rodeado de beldades en ropa sexy, una mano echada sobre una cintura, otra a un muslo. Un programa, cuaderno de notas y unos lentes que no son los de leer. Una entrada usada como pasaje de ida al viaje hacia el fin de la noche. Una noche que es la noche de Europa, más allá del caos, sumergida en el final de los tiempos, de la degradación, del salvajismo de la civilización, cobijada tras un parafraseado cartel de ingreso a Auschwitz que reza liberté, égalité, fraternité.

Una persona se acerca a mis espaldas. La presiento entre todas las personas de la estación. Me doy vuelta y como si de otra ciudad y de otro tiempo se tratara, una que nunca cambió, uno que nunca pasó, comento: ¡Ah! Pensé que bajabas por el otro andén. Y la charla continúa.

Afuera es hoy, el futuro del pasado, y la cruda noche otoñal está decorada por frías gotas de lluvia que lavan al día ausente de Helios y que propician el tecleo de las letras. Entre los repiqueteos de las gotas, como en una coreografía entre la máquina de escribir y la naturaleza nocturna, se dejan escuchar los ecos entreverados del teatro, del diálogo. Entonces Cäthe continúa cantando

Ich bin ein Dichter.
Ich bin, was ich bin.
Ich bin mein Richter.
Ich beschenk mich.
Ich bin streng.

Las luces se van apagando con parsimonia. La música termina y llega el calmo susurro de la noche. Yo comienzo a caminar en la unánime noche a orillas del Wurm, esa oscura corriente que suena a bosque en medio de la ciudad y que a medida que me voy durmiendo se transforma en rambla y océano, en vino, en cigarro, en diálogo.

26/10/2013

La edad del sol

    en la soledad
no hay sol
             sólo edad




06/10/2013

La noche es el momento correcto


Sentirse parte de algo o sentirse que se está en algo pero no se es parte de eso. Estar dentro viendo desde afuera, o conformar la corriente. Algo impuntual, por qué no, bajo a las catacumbas del Filmmuseum. Robert Mitchum ya está en la pantalla blanca, negra y muy gris. Cine noir con mayúsculas: Out of the past. Para mi sorpresa la sala está llena, estamos hablando de una película de cine noir con mayúsculas, en blanco, negro y muy gris que data del antidiluviano año 1947. Cuando las luces se enciendan al finalizar la película descubriré que soy como el bebé de la sala. Asciendo por las escaleras de concreto con paredes del mismo material decoradas con imágenes del cine clásico que, como en un museo, están expuestas detrás de vitrinas. Es un museo. Es el Filmmuseum. Al salir la noche está fría y húmeda, ha llovido. Recuerdo que cerca está el Glockenbachwerkstatt, que volcado rápidamente al español sería el taller del barrio de Glockenbach. Un centro cultural municipal donde pueden verse cosas interesantes que funcionan con independencia del mainstream. Esta noche es así sin lugar a dudas. Obediente a cierta necesidad me dirijo directamente a los servicios, cuando regreso a la recepción quien oficia de boletero me hace saber que le dijeron de todo porque no me cobró la entrada cuando ingresé como un tornado. Normalmente la recepción es de libre acceso, la entrada se abona al ingresar al concierto. Esta noche no, primeo se paga, después se ingresa. El boletero me informa. Hay tres bandas, la primera ya fue. La segunda es francesa y está a punto de tocar. Ya conozco la información, la leí en casa por la tarde temprano. El bar está cerrado, pero hay una cantina ad hoc que vende la cerveza más barata. Esto es, según indica la pizarra de precios, si no se está vistiendo Trachten, palabra que se aplica al traje tradicional bávaro con el que se ven inundadas las calles de Munich cuando se celebra la archiconocida Oktoberfest. En ese caso, la cerveza es más cara de lo normal. No sé si es un chiste, pero durantes los tres fines de semana que dura la fiesta popular no todo es a favor de la celebración, las voces de protesta se hacen sentir de las formas más variadas y muchas veces originales. La banda número 2 dice ser de Bélgica, no de Francia, pero el cantante es un francés establecido en Bruselas. Me gusta, me gusta mucho. En algún momento entran unas personas vestidas en Trachten con cervezas en la mano. Me tienta preguntarles cuánto pagaron por la cerveza, si 2,30 o 4,00 euros. La segunda opción sería casi como un robo a mano armada para una cerveza en botella. Desisto para no eliminar la mística posible del chiste y porque el nivel etílico de los susodichos me invita a concentrarme en el concierto, sobre todo cuando comienzan a dar pasos de baile como si la música que es del tipo hardcore melódico con electrónica fuera un vals. El grupo es muy bueno, me alegra haberme decidido por pasar a echar un vistazo, o un oidazo en este caso. El cantante y guitarrista, cuando ni canta ni toca la guitarra hace unos movimientos como de ofrenda, con las manos como si fueran salidas de una ilustración egipcia. Al final del concierto hablamos un poco, es simpático, está en su mundo. Lo que quiere decirme está por encima de lo que su inglés parece capaz de transmitir, pero lo escucho y lo entiendo. Creo que si un artista no muestra que está inmerso en su mundo algo le falta. Comienza la banda 3, que es en realidad una sola persona. Un tipo con el pelo largo desgreñado, la cara pintada completamente de rojo y negro en dos bandas, su ropa es un traje que parece una bolsa de arpillera con un cierre delantero, como un vestido que le llega hasta algo por encima de las rodillas. No hay ningún instrumento de música a la vista que lo acompañe. Unos equipos, un par de lámparas. Es todo. Siempre me despiertan admiración los artistas que se enfrentan solos al público. Cuando lo hacen como este, más, porque claramente las opciones parecen reducirse a dos: o se está frente a un loco ridículo, o se está frente a un loco genial. En este caso es lo segundo. Al principio el público no sabe bien cómo comportarse, más bien sonríe, como si estuviera frente al primer tipo de loco. Los brazos van de un aparato a otro, encienden una lámpara o la otra, los pies presionan pedales, el micrófono cuelga como una soga desde su cuello. De una manera u otra, produce algo hipnótico, no es dulce, es duro, gritos distorsionados sumados a una base de sonido sobre la que pone y quita efectos. No hay pausas, es un número de una única persona y de un sólo acto. Al final la gente quiere más, lo suplica. El loco es genial, se lo quieren hacer saber. Fin.
Salgo a la noche. El aire se deja ver en forma de flotantes gotas de agua. Decido caminar un poco. En la plaza central me paran dos chicas. Una me pide si por favor le puedo abrir su lata de bebida, me dice y me muestra que con sus uñas que deben medir unos cuatro centímetros de largo no le es posible. Su amiga está en condiciones similares. Nos sonreímos de forma cómplice mientras se la abro. Buscan un club, me dice el nombre. Ni idea. Me dice la calle. Ni idea. Ellas se van con sus uñas a cuestas y yo preguntándome cómo hacen para vestirse todos los días. Después de caminar siguiendo la línea del metro decido bajar y continuar en el tren hasta casa. En la estación que da a la Oktoberfest suben los remanentes que no han ido a ninguna After-Wiesn-Party, siendo Wiesn el nombre que dan los locales a la Oktoberfest. Frente a mí se sienta una pareja de chicos, ambos embutidos en trajes tradicionales, camisa a cuadros, pantalones de cuero o Lederhosen. Se ponen a discutir y me doy cuenta de que es una rencilla doméstica, hay celos, son pareja. En algún momento la cosa sube de tono y uno patalea un poco, estoy a punto de cambiar de asiento, no quiero ser la víctima de que uno miró a otro pero el otro le dijo que estaba con uno y que no tenía interés pero el primero igual se ponía celoso y que siempre era igual en las reuniones sociales y el otro que nunca. El que despierta los celos comienza a toser. Tose de forma desmedida, parece que le va a dar un síncope, yo creo que más bien va a vomitar. Mientras especulo nuevamente con cambiarme de lugar para no ser víctima de la devolución de litros de cerveza las cosas se apaciguan entre ellos, palmaditas en la espalda y está bien está bien. El de la tos se levanta y se va al descanso del vagón, junto a la puerta. Luego el otro lo sigue. Ya son amigos otra vez.
Llego a mi estación. Al salir de ella se me acerca una chica. No sé por qué inmediatamente antes se me da por repetir en voz alta una frase en inglés que escuché con anterioridad el mismo día. No sé si me escuchó, o si simplemente por no parecer alemán, o porque ella no lo es, me habla parte en alemán parte en inglés. Busca un banco. Cuando la gente me habla así no sé muy bien qué decirle, o sí lo sé, pero no sé bien en qué idioma. Así que le contesté medio en inglés medio en alemán. Me agradece mitad en un idioma mitad en el otro y comienza a caminar más lento que yo. Es ya noche tarde, ya tiene la información y no busca más diálogo. Buena chica. Sus pasos hacen  retumbar los tacos detrás mío el resto del viaje hasta el banco. La noche nos disuelve entre sus húmedas gotas.

04/10/2013

... plata color ceniza el agua, el ala...

   HAY UNA QUIETA PAZ metálica en el aire bajo el
tendido gris que el lago inmóvil multiplica. Plata co-  
lor ceniza el agua, el ala, el vuelo, el aire, el tuyo,     
el de esta ausencia.                                                  

José Ángel Valente                                               


Hoy la foto puede que no sea mía, porque yo no sabía que la tomaría ignorante de las palabras que otro ya tendría convertidas en tinta para que yo un día la tomara. Puede que hoy sea todo figurado, foto, texto y el silencio, que es todo lo demás. Pero hoy foto y texto son de algún modo inescrutable uno y lo mismo. Puede que hoy la foto no sea mía, porque un par de líneas ajenas hicieron que el dedo disparara y mi ojo quedara ciego por una milésima de segundo, mientras del otro lado de las cortinas el movimiento de ave acuática quedara convertido en eternidad. Ignorante el agua plateada, indiferentes el ala y su ave cenicientas, desconocedores el poeta y el fotógrafo de que cada uno forja el destino del otro de prestidigitadoras formas más allá de todo verbo. Cuán poco hay nuestro en cada hecho y en cada acto, y sin embargo, somos la suma de los actos y de los hechos. Puede que tal vez hoy quizá la foto no sea mía. El texto no lo es.

30/09/2013

Compofusión vertical


La luz verde señala que pueden ir, pero yo sólo los veo venir.
El farol oficia de techo, de sacacorchos, de tapón, o simplemente descansa antes de su noche de trabajo, recostado sobre la grúa. Más allá no sé si son otros faroles o todos son el mismo, cada vez más pequeño, más viejo y encorvado, más cansado, mostrando su pasaje del otoño al invierno de su existencia entre luces y sombras.
La grúa, a su vez, descansa después de su jornada porque es el séptimo día. Es el símbolo del futuro construyendo el pasado. El futuro es un edificio que tendrá algún artístico nombre como centro de documentación. El pasado está documentado en fotos y textos que nos dicen lo que nunca debería repetirse en el futuro, cosas tales como usar camisas pardas, por ejemplo.
Al lado, en la foto pero no a la vista de los ojos, hay otro edificio más del que salen las futuras sinfonías que procuran tapar el sonido de pasadas máquinas de escribir. Las teclas han cambiado y ya no llevan rollos de tinta intercambiables, ahora hay pianos de cola y sus cuerdas producen melodías estudiantiles. Tal vez el próximo Beethoven esté ahora refugiado entre sus sólidas paredes. El mal antes tenía una central administrativa y desde sus azulejos todavía huele a azufre.
De entre las sombras se eleva un cigarro negro que quiere recordar al frío siberiano que se tragó sin té y sin samovar a los miles de invitados por Napoleón a pelear en una guerra que sería sólo el trailer para catástrofes posteriores en la noche urbana de Stalin.
Al fondo se erige desde la tierra donde florecen los limoneros una bóveda color de oro que ilumina la plaza con tonos de nube de acero y de tormentoso pasado. Por fuera es su sol eterno y por dentro, algo que también se esconde al ojo desde donde estamos parados, gobierna el símbolo de la eterna pureza y de la página no escrita, las paredes estucadas, el brillo, el reflejo, los rayos lumínicos que se filtran por su roseta y hasta las sombras resultan de un blanco absoluto.
Ante mí, dispuesta en el desorden cotidiano, una matemática composición de líneas verticales desde donde puedo ver como a una instancia de la trascendencia lo que está en los planos ocultos. Todo está en la foto, salvo que no todos podemos verlo. Yo tampoco, tal vez sea todo producto de mi imaginación. Entre el cielo y la tierra hay mucho más que lo que muestra tu fotografía, me susurra una voz.
Mientras, como pintadas por algún maestro del arte, las nubes se pasean y decoran la imagen, ajenas a todo y a todos, felices ignorantes que todo lo ven desde las alturas dejándose broncear por los vespertinos, casi nocturnos, rayos del sol.



08/09/2013

Grano de palabra



Mich interessiert das geistig Typische, ich möchte sogar sagen: 
das Gespenstische des Geschehens.
Rober Musil

Curiosa ausencia de contradicción. Estando no estás. No estando estás.
Cómo medir tu grado de presencia en tu ausencia.
                                               Cómo el de ausencia en tu presencia.
Sin bordes ni líneas que todo lo desdibujen. El verbo hecho carne. Puede ser.
La carne hecha verbo sobre todo. Las vísceras al desnudo. Todo lengua de fuego.
Me interesa lo espectral. Lo que está cuando no estás. Lo que no está cuando estás.
Tu palabra serpiente venenosa sanadora. Tu silencio sacro verdugo.

La palabra.
Igual a un grano de arroz que quizá sin saberlo deja su huella y está no estando
no está estando mientras escapa a las cadenas del tiempo y del espacio.


03/09/2013

Ecos traídos por el Iter

Escucho a una mujer. Está hablando a unos pocos centímetros de mí. Le habla a su teléfono, es todo lo que puedo ver. No comprendo el idioma en que se expresa. Ni lo identifico. Partes me llegan a través del cuentagotas de los susurros. Mientras leo

                 En la palma de una mano
ficticia,
            flor
ni vista ni pensada:
                              oída,
aparece
            amarillo
cáliz de consonantes y vocales
incendiadas.


Otros cuerpos se aproximan. Sus gargantas árabes puedo ver ahora diseñando sonidos en el aire. 
En la lejana lengua de Angelopoulos otra mujer inicia un diálogo, su sonoridad desprende olor a mar mediterráneo y a faros alejandrinos. 
Más que extrañarme algo de todo esto, confirmo que estoy en casa. No sé si es la casa del ser, es donde recuesto la cabeza cada noche y mis sueños se pueblan con los ecos de todo lo que el día incomprensible ha dispuesto para mí. Mi casa es donde sueño. Un sueño en imágenes salidas de los jardines colgantes de Babilonia.