sobre tu rostro
puedo ver las historias que se han ido hilando. cada instante de fulgor, de
tristeza y de sorpresa. un texto que se despliega sobre las praderas de los
pómulos. los ojos dos lagos bordeados por sendos bosques de acacias alineados.
las historias se pierden en la profundidad de sus aguas. algunos creen poder
leer las almas sobre el reflejo de su cristalina superficie. como quien lee la
borra del café. el secreto está sin embargo en ese punto negro, centro sin
fondo. imperceptible a los sentidos. la angostura central con su elevación
esconde dos cavernas desde las que provienen resoplidos, crecen malezas y
conducen al fondo del averno personal. luchando entre el rosa, el terracota y
el carmesí están las fauces, las diosas de la destrucción. todo lo que sale de
ellas es artilugio, vodevil y prestidigitación. vil engaño en la traducción de
las cosas al lenguaje. cuando no silencio, eso que no percibimos porque no
sabemos escuchar. todo lo que entra no se salva de Escila y Caribdis. es devorado
sin misericordia. conducido al tormento de los ácidos. cuando me veo enfrentado
a esas texturas, me reconozco en el paisaje. sé que también soy eso. y no me
decido entre lanzar mis propios ardides, o hundir mis inclementes colmillos.
Acá todos somos extranjeros. Yo, el primero. La patria es un país cuyas fronteras están en todas partes y su capital en ninguna.
24/06/2020
19/06/2020
imagen - palabra
La imagen es una
palabra. Sus huesos, signados por el desconocimiento de su propia existencia,
se elevan, no levitan, transformándose en pequeños edificios que crecen como
plantas. Al verla desde la parte superior, la imagen, esa palabra, vemos que
conserva su silueta. Únicamente su acercamiento resulta perceptible. Mirarla
lateralmente da la impresión de asistir a la construcción de un complejo urbano
sin alma, abstracto, puro acero y concreto.
La palabra es
una imagen. Penetra en la hoja blanca, la perfora y se pierde en las
profundidades. Deja una marca candente igual a la de la temporada de yerra.
Delante nada y detrás vacío. La palabra, esa imagen, es pura forma en dos
dimensiones. Sin cuerpo y sin estructura, su espíritu emana significado.
No hay palabra
sin imagen. Todo es línea recta, curva, trazos perpetrados sobre el papel
impasible que nada dice, mientras se dibuja esa imagen, la palabra. Tinta negra
sobre fondo blanco.
29/11/2019
Eleusis
La palabra se hunde en su
cuerpo como una navaja. Comienza a girar y la sangre busca su camino de salida.
Cae sobre la tierra virgen, las únicas raíces que ese cuerpo echará. Cada gota
parece gritar Heimat! y detrás quedan todas esas experiencias extraterritoriales.
Una serie de casualidades que cuando la bolsa de la morgue se cierra se llama
destino. Todo estaba escrito en una página de un libro perdido en un estante de
una biblioteca inaccesible. Mientras la incredulidad producida por el dolor de
la hoja afilada de cada nueva palabra. Mientras los poros buscan fijarse a cada
momento guardado, olvidado, reescrito en la memoria. Mientras se despierta la
fuente de Mnemósine y sumerge todo bajo un manto de agua. La línea del tiempo
queda dispuesta en un único plano donde todo se superpone, convive, mezcla sus
efluvios. Lo material y lo inmaterial no logran distinguirse. Notti senza nome, da far tremare il cielo se confunde con dátiles
rellenos de pistacho traídos de Arabia, el primer no (mucho más cruel que el último,
pero también mucho más inocente) tiene el aroma de un cappuccino en la calle
Francouzská praguense, las baldosas que se adhieren a la suela del zapato en
Palma (idénticas a las de Montevideo) son tan cálidas como la grappamiel en un
pueblo perdido a mil metros de altura en Sicilia, el agua salvaje de las playas
de Rocha llega a la arena roja de una orilla en Santorini, la Ruta de la Seda
se confunde en los relatos de un escritor polaco con los nombres heredados de
su heterogénea familia, la danza se produce cuando se termina la música y el
sopor no sigue al alcohol, sino a un té inglés (extraído por manos indias en
anónimas tierras de Assam) bebido observando la inclemente lluvia montevideana
a través de una ventana de una café en Estambul, Agnes hace su saludo desde la
Inmortalidad mientras trona Latejapride* en un teatro del Cerro, los balbuceos
en alemán se transforman en una reunión que (¿tuvo alguna vez lugar?) con
aquella persona (¿qué acaso existió?), la música de fondo es el Saxophone
Colossus en una hora de francés con En avant la musique, la experiencia de la
muerte emanando de un beso robado en la oscuridad de un parque (eran las
vacaciones, era la ciudad de Piria), el último sí (repetido, gastado, harto de
su existencia, incomparable con el primero) y el concierto en un bar británico
de mala muerte, la cerveza en una bota de cristal de litro en un bar de Bremen
mientras las noticias anuncian que la desmemoria confunde justicia con
venganza, la victoria con el gol pasada la hora y el grito mudo tras una caída
en el jardín (y del muro de un estadio, y de un puente, y de la imaginada al
asomar la nariz en una terraza sin baranda), la bofetada y el aroma de los
limones en la tierra meridiana de Goethe, tu pelo deslizándose por su mano sin
tener idea de cómo pagar esa o aquella terrenal cuota, el puente que une dos
ríos y el sabor de la sal en los labios lleno de aventura de juventud bajo el
sol aniquilador del verano, el saco tan buscado y encontrado en un mercado de
Camden que justo en ese momento es apretujado porque quien tenía que estar se
fue (quien tenía que irse se quedó), los pasos título en mano por los pasillos
de la universidad y el sentimiento de soledad un domingo de aburrimiento gris
como el día y oscuro como la noche, la foto que le tomaron el grito de dolor
tras el codo roto en la caída de la bicicleta y el placer del primer revelado en
la sala oscura de la esquina más alejada hacia el norte de la avenida, el orgasmo
con el que ambos soñaron y nunca sucedió y la sandía llena de semillas bajo los
cálidos pinos, la crueldad sin explicación en la forma de palabras como puños
soñando con posar los pies en las galerías que ostenta El arca rusa, el café
humeante como droga en la última noche antes del examen y esa chica que perdió el
ómnibus en el sur de España, el cálido pan Naan partiéndose entre sus dedos
antes de llevarlo a la boca mientras encuentran otra bomba tirada por un avión
en la II guerra en algún (cualquier) punto del territorio alemán, el terror no
de un film de terror sino de La noche de los lápices y la voz más dulce de una
mujer desconocida que un día de lluvia torrencial le ofrece a un niño cubrirlo
con el paraguas y acompañarlo en su camino a la escuela, esperar en vano a la
chica californiana a las cinco en punto para observar el atardecer parisino
desde la torre Eiffel (también podría haber sido desde Sacré-Cœur) con la
palpitación en aumento ante el tono del teléfono de una llamada buscando respuesta
yendo por la calle Montevideo hacia el teatro Colón (o saliendo del Museo
Sorolla). Todo es uno y lo mismo cuando cae el telón con la última gota. Es el
momento de entregarse a Deméter. La cosecha queda en sus manos.
25/04/2019
Iter
Me muevo por el camino que dicta el
blanco de la hoja como recuerdo haberme perdido por otros tantos caminos y
senderos, sin demasiados aspavientos o poesías. Me refugio del sol bajo una
tímida superficie de lino que parece sonreír con la suave brisa llena de polvo
amarillo. No puedo decir que estoy en el desierto, aunque no se ve un alma a la
deriva. Imagino, imagina, que estoy en alguna de esas encrucijadas del bel
Paese, entre una ciudad atronadora de caffè, ruinas caídas o que
emergen desde el más ignorado de los agujeros, llegando casi a algún abismo que
da al mar o a alguna de esas playas libres de lido.
O imagino,
imagina, que el estruendo entre margaritas ya ha quedado atrás y a donde estoy
llegando es a una cala a la que hay que bajar por las sinuosidades de la roca,
pulida por el imperturbable viento y carcomida en su tramo final por los
milenios de agua y salitre. Por donde yo desciendo y antes otros subían,
bucaneros y aventureros trayendo los objetos más inesperados de tierras
ignotas, se extienden bravos pastos que luchan por elevarse entre las piedras y
por emanciparse de la inclemente presión del sol. Distintos sentidos del
placer, distintas formas de ser y de existir, imposibilidad de trasladar y de
entenderse. Sólo la idealización de cada momento ajeno como forma de instalarlo
en el firmamento de la comprensión íntima del cosmos.
La espuma que
antes parecía una lejana sonrisa ahora produce anillos en mis tobillos. Siento
como sube el sabor de la sal hasta mis labios para comunicarme que ya no tengo
que seguir mi vida trashumante para ver y tocar el mar. El horizonte, esa línea
inventada para poder entender lo que es el infinito, me observa desde lo más
profundo del azul marino y el celeste que se eleva con su par de nubes,
queriendo parecerse al tímido echar humo de una locomotora que avanza en cámara
lenta.
Como todo tiene que morir para poder convertirse en otra cosa; al gusto de
algún alma gemela que bien podría estar al otro lado del mar, allá por las
costas de Éfeso, dejando que sus tobillos se dejen aprisionar por otra agua y
otra espuma, la misma que me ha liberado para que yo pueda continuar mi camino;
le doy la espalda a levante y me dejo maravillar por la colosal roca que se
yergue ante mí. En su cima sostiene mi deseo de descanso. Así, con tan poca
cosa, he dejado que la hoja dejara libre un camino como otro sendero más sobre
los que he apoyado mis polvorientos pies, y continúo, silencioso, sin dejar
máculas, sabiendo que a fin de cuentas todo no pasa de una piadosa mentira.
02/12/2017
Día y niebla
La niebla
atorada en la garganta como colchón algodonado que adormece la nada que parece
querer proteger. Acompaña los pasos distraídos de alguien que se deja llevar
entre luces enmarañadas que conducen a un tren perdido entre los rieles. Lo
llevan a una estación desorbitada en la que miles de ojos cuerpos celestes sin
luz propia palpitan el nuevo silbato de un tren que llega y un trance que sale.
Valijas llena de estertores con la incertidumbre sucumbiendo al sobrepeso. Algo
para comer y jugar a llenar el infinito vacío existencial de las entrañas.
Asomar la nariz a las afueras para tomar aire fresco mientras el filtro de
algún cigarrillo se ocupa de distraer la mirada mientras se cuela hasta el
último recoveco del pulmón derecho. A la izquierda un órgano fosilizado a la
espera de que alguna geóloga tenga a bien despegarlo de la roca y trate de
descifrar su dibujo. Las tiendas se erigen más allá de la mirada como templos
de otras culturas llenas de objetos raros y ajenos. Las luces lo contaminan
todo pero no tanto como el ruido de la depresión urbana. Roto de naturaleza los
seres que habitan este zoológico solo piensan en proteger su celda mientras
rumian sobre la belleza de una existencia que no poseen y no luchan por
adquirir. Ahogados por la noche salen los seres a buscar su presa. Ellos
mismos. Todos pardos. Como vampiros que escapan al rey sol Hermes brillante que
delata cada curva que acuña la tristeza sobre los rostros. Viñeta existencial
que aflora bajo el diablo del mediodía. Me transformo en el día que huye de sí
mismo. Acelero el paso para acelerar las horas los minutos los segundos. La
guarida está detrás de la mirada narcotizada que descubro del otro lado del
espejo. Cuando me giro llego a atisbar que ambos nos vamos en la misma
dirección. No sabiendo a dónde. Escapando para terminar presos de la misma
mentira. Otro día bajo la luna en cuarto menguante. La sangre se ve violácea
mientras me relamo.
23/05/2017
Sin título (Opus sin número)
© Iani Haniotis
|
busco la palabra
alucinógena que me lleve más allá del lenguaje. un viaje chamánico que me
transporte a los confines del universo. yo. la inocencia salida de las cavernas
encadenada a la gramática. busco la válvula que me expulse del vacío a esa
región donde no existe nada. ni el vacío ni la nada. quiero que las palabras entren por mi
boca y salgan por mis oídos sin pasar por mi cerebro. anhelo escuchar el verbo
exterior antes de contaminarse de significado. antes de volver a salir. no sé
por dónde empezar. lo único que poseo es el alfabeto para dibujar mis sueños y
pensamientos. tal vez sea hora de apagar la luz y aprender a galopar como un
caballo con los ojos vendados. sé que mientras haya luz eso será una palabra.
luz. nostalgia de un grito primario. busco a mi Virgilio andino para que me
conduzca por los caminos que no tocan infiernos ni purgatorios ni cielos
endemoniados. comenzaré una danza con los pies hasta que el estruendo de la
tierra me ensordezca la memoria y la concepción de un futuro. no deseo una
identidad. sólo dejarme transportar más allá de los confines del universo. yo.
luz. nada. no tengo palabras. me sobran las palabras. desde la primera a la
última. desde antes de ser palabra. todo es una mentira un engaño o una verdad
defectuosa. que el cuño desaparezca como desaparecen pueblos ciudades y
civilizaciones. que se borre cada atisbo de letra. hasta su página en
blanco. que desaparezca también. junto con la idea de su desaparición. dejar el nombre como quien se desnuda antes de adentrarse en la
invisibilidad. convertirse en eso que es el innombrable. y dejarse llevar por
las aguas de un Leteo sin nombre. en un barco que no existe. con los ojos
portando sendas monedas que nunca fueron. busco esa palabra alucinógena
07/05/2017
La Máscara
Desde
la comodidad previa observo la plaza que se extiende frente a mí. Mi mirada
protegida por los cristales del ventanal que me ofrece una plaza. Llega el
ocaso y el inicio con su coro: Die Revolution ist die Maske des Todes. Der Tod
ist die Maske der Revolution. Mantra de una tarde que se convierte en noche. La
Revolución es la máscara de la Muerte. La Muerte es la máscara de la
Revolución. Acompaña un espresso. Una sala espera. En su interior, La Misión.
Der Auftrag. Un experimento. Un reencuentro. La primera vez fue en una sala que
hoy ya no existe en una ciudad que ya no es la misma. Su nombre era Montevideo.
Hoy se llama Munich. En la Sala espera la incomodidad. Sin espresso. El teatro
de la Revolución comienza en breve. El teatro dentro del teatro, sin saber cuál
es cuál. En el culmen de lo sofisticado, la barbarie. En el culmen de la
barbarie no hay maquillaje. El mensaje es bilis arrojado desde el proscenio.
Heiner Müller recita incansable su propia obra. El autor es el actor principal.
Virgilio que nos deja a las puertas del Purgatorio, porque tal vez no exista
otra cosa que el Infierno. Nuestro refinado sentido nos hace creer que tal vez
sea lo contrario, Cielo y algo de Purgatorio. Heiner Müller se obstina en
mostrarnos que no tenemos razón. Una Misión es una Misión es una Misión. A una
la llamamos Historia. A otra mera anécdota insignificante. Pero una Misión es
una Misión es una Misión. Tres arlequines sobre el escenario lo ponen de
manifiesto. La guillotina opera haciendo su delicado trabajo. La burocracia
hace lo suyo. ¿Es todo una comedia? ¿Un drama? ¿Una ironía de la historia?
Heiner Müller no nos lo dice. Él lee su obra, cigarro en mano tal vez,
carraspeando de tanto en tanto. El autor que se interpreta a sí mismo. Tres
arlequines sobre el escenario. Todo es para nada. Die Revolution ist die Maske des Todes. Der Tod ist die Maske der
Revolution. Un mantra que se repite en la incómoda noche desolada. La
Revolución es la máscara de la Muerte. La Muerte es la máscara de la
Revolución.
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