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10/12/2013

Am Bahnhof. Danach. / En la estación. Después.


Ein Kreuz. Der Bahnhof. Von oben. Gleise, Einkaufszone, Ein- und Ausgang. Ein Kreuz. Von oben. Der Bahnhof. Eine Hand. Der Unterarm. Vielleicht. Binnen Minuten. Die Hand. Wie ein Vogel, der seinen Flug beginnt. Aus dem Eisenbahnwagenfenster. Bewegung rund herum. Menschen. Koffer. Hin und her. Der Bahnhof bewegt sich nicht. Der Körper auch nicht. Stille. Stille wie eine Palme. Eine Palme mitten der überbevölkerten Wüste. Stände. Essen und Trinken. To go. Zuhause wartet der Tee der Einsamkeit. Die Hände auf den Oberschenkeln. Wie genagelt. Die Augen. Wie auf die Gardinen genagelt. Alles in Paaren. Zwei und zwei. Aller guten Dinge sind drei. Der Zug ist noch nicht da. Stille. Blicke, die einander nicht begegnen. Unbehaglichkeit. Worte wären vielleicht noch schlechter. Lieber so. An danach denken. Zuhause eintreten. Die gleiche Stadt. Leer. Die Einsamkeit als die einzige Gesellschaft. Ein Flüstern. Der Kopf dreht sich um. War nicht für diese Ohren. Den Atem zurückhalten. Wie den Rauch einer Zigarre. Die Stille hat einen grauen Körper. Aber es ist die Kälte. Die Kälte des Winters. Die Kälte der Entfernung. Die Entfernung existiert noch nicht. Die Grenze ist der Koffer zwischen den Körpern. Groß wie die Chinesiche Mauer. So groß. So lang. Morgen wird die Entfernung wirklich. Das letzte Bild. Still. Zeitlos. Eine Postkarte. Sepia wahrscheinlich. Der Bahnhof. Ein Kreuz. Von oben. Zusammenströmen. Die eilige Mutter. Das Kind hinterher. Kämpft mit seinem bunten Koffer. Der Manager drängt, Handy auf der Hand. Die keuchende Oma. Sie will, kann aber es mit Schwierigkeiten. Junges Gelächter. Die Nacht findet ihren Zenit. Der Zug kommt. Die Nummer und die Ankunftszeit sind richtig. Wie eine Verordnung. Eine Verurteilung. Der Moment ist gekommen. Der Körper richtet sich auf. Die ersten Reisenden steigen aus. Eine Pfeife lässt sich hören. Weit weg. Ein anderer Zug kommt an. Ein anderer fährt ab. Die Hand ist noch nicht zu sehen. Vielleicht ein Teil des Unterarms. Wie ein Vogel, der den Flug beginnt. Ohne Feierlichkeit. Ohne Formalitäten. Eine Reflexhandlung. Die Macht der Gewohnheit. Eine nie geübte Gewohnheit. Eine Schullektion. Auch nie gelernt. Trotzdem kennt sie jeder. Binnen Sekunden ist sie dran. Und danach. Zuhause. Heimat soll sie heißen. Die Hände auf den Oberschenkeln. Die Augen. Sie erblicken die Hände. Die Füße auf dem Boden. Alles wie genagelt. Der Tee. To Stay. Morgen. Die wirkliche Entfernung. Zwei Menschen. Eine Stadt. Zu klein. Dann zwei Städte. Noch ein Weltall. Der Bahnhof. Der Zug, der Koffer schluckt. Der Menschen schluckt. Stimme und Stille bringen durcheinander. Jubel und Traurigkeit. Ein Fenster wird aufgemacht. Die Dämpfe des Bahnhofs. Die Kälte. Ein Film, der sich wiederholt. Einmal. Tausendmal. Die Hauptdarsteller sind nur anders. Die Hand kommt raus. Ein Handschuh eigentlich. Der sieht wie ein Vogel aus. Eine dunkle Taube, die mit ihrem Flug beginnt. Die Macht der Gewohnheit. Eine Pfeife. Der Zug. Die Räder beginnen langsam zu rollen. Der Vogel entfernt sich. Er ist nicht mehr dort zu sehen. Danach. Der Körper. Die Oberschenkel. Die Hände. Die Augen. Wie genagelt. Der Tee.
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31/07/2013

No passport, please



No hay tema. Si tuviera que exponer cuál es el tema, diría lo de siempre. Todo y nada. O nada y todo, no sé por qué esa costumbre de dejar la nada para el final. Como si fuera un final. Y es tan eterna como el todo, o lo mismo con distinto nombre. Pero la fórmula es muy sencilla, y decir todo tiene cierto aire de soberbia mientras que decir nada desprende un cierto tufo a falsa modestia. El tema es la frontera. La frontera que se presenta como revelación y no me abandona. La frontera que está en todas partes y es no sólo geográfica. Ésta, inmunda representación de la incapacidad del ser humano de reconocerse como tal más allá de hábitos y costumbres diferentes, de colores de piel y de religiones, ésta, que promueve la incomprensión, no. O tal vez sí. Pero está la otra. La omnipresente, la que está en cada instante, la que permite hablar de sucesión, la que permite la invención del tiempo y del espacio. Si el idealismo alemán se funda en la distinción a partir del yo de todo lo demás, mi pregunta sería solamente dónde comienza y dónde termina ese yo que me permite distinguirme de todo eso otro, es decir, dónde está la frontera donde yo soy yo y donde yo dejo de ser yo. Pero no, la frontera no es el tema. Yo escribo desde la frontera. Siempre me ha atraído esa línea que no existe y que ficticiamente permite reconocer y reconocerse. Los centros padecen de esa enfermedad llamada identidad y no me incumben. 

Y ¿por qué digo línea? Naturalmente se piensa en algo que indica que comienza un país y termina el otro, dónde termina la ciudad y comienza el campo (o a la inversa), dónde está el límite entre mi barrio y el próximo, dónde mi edificio deja de serlo para convertirse en la acera pública. Pero, ¿qué sucede para que digamos que alguien es alto o bajo? ¿De acuerdo a qué nos situamos con exactitud frente a lo uno o frente a lo otro? o, ¿delgado o gordo? ¿Cuándo el día deja de ser noche o la noche deja de ser día? Me refiero con exactitud, el instante preciso en que puedo trazar esa, llamémosle, línea? ¿Dónde comienza yo y termina tú? ¿Es únicamente la delgada capa dérmica la que lo define? ¿Cómo es posible decir que un grito lo es? Oficialmente, con título, pero no es, por ejemplo, un alarido. ¿Cuál es el punto dónde el hombre y la mujer se diferencian? ¿Cómo reconocer al hombre en el cuerpo de una mujer, y a la mujer en el cuerpo de un hombre? ¿O sencillamente a una persona en un cuerpo que no es suyo? ¿Cuál es el momento exacto en que un niño es adolescente? ¿Por qué la misma palabra dulce o erótica en cierto momento toma la personalidad del insulto, o la de la verdad se transforma en mentira? ¿Cómo puedo saber sin el menor atisbo de dudas de que me encuentro frente a un pobre, a un desahuciado, o a una persona de clase media baja? ¿Cómo identifico su nivel educativo? ¿Es lo mismo? ¿Hay una forma de adjudicar cada cosa sin temor a equivocarse? ¿Cuándo termina un libro? ¿Cuándo lo dejo sobre la mesa de luz al pasar la última página, cuándo lo olvido luego de un tiempo, o en algún estadio intermedio? ¿Qué es literatura y qué no lo es? ¿Cuándo la ciencia pasa a ser filosofía? ¿Cuándo pasa a serlo aun sin saberlo? ¿Qué me permite decir que una música es música, buena música, mala música sin medias tintas? ¿Bajo qué mecanismo puedo decir que el hielo deja su forma sólida para mojarme cuanto lo toco? Y si llevo mi dedo a la boca, ¿qué porcentaje de mí mismo estará en esa gota que humedecerá mi labio? El punto de regreso del bumerang, ¿significa que tengo el mismo objeto que lancé? Y si pronuncio "te amo" o "te odio" y la persona que está enfrente lo repite ¿tienen el mismo significado? ¿En qué punto determino que el lenguaje es tal? ¿Cuando se forma la primera letra, la segunda, antes, después? No estoy hablando de criterios que deben establecerse para intentar contestar a todas estas preguntas, me interesa el punto, la línea, el lugar, el momento o el instante, la sensación o la revelación en los que puedo distinguir una cosa de la otra. Porque eso, más o menos, es el territorio por el que se moverán las líneas que lo habiten. Me gustaría darte la bienvenida, querida lectora, querido lector, pero no sé cómo, porque no sé exactamente dónde termina aquí y comienza ahí. Yo soy un extranjero, igual que vos. A lo sumo, como ancestralmente se practicaba, lavémosnos los pies el uno al otro, en señal de mutua acogida, sin preguntarnos quién va y quién viene, porque al final, todo es uno y lo mismo.