07/09/2020

A propósito de Sísifo

Todo se ha hecho ya. Hasta escribir sin palabras. La hoja en blanco. Sin estampados ni morisquetas engarzadas que la tiñen de negro. Elegí negro, podría ser otro color. Azul. O verde. Todo se ha intentado. Es una historia sin fin. Y hoy no sé si llorar o reír o las dos cosas. No sé si es el teclado el que manda. O la famosa musa. Sin embargo, los dedos se mueven.

Siento la inmisericordia de ese silencio. Ese lugar del que viene todo y no sabemos por qué. De repente está ahí. Sin explicación. O con tantas que es lo mismo que ninguna. Palabras. Así las llaman. Esa segunda piel. El esqueleto del pensamiento. Palanca arquimediana y fragua de la mentira galopante. El espejo y la cárcel. La invitación al más allá. El mundo de los sueños posibles e irrealizables. Arma blanca que deja cicatrices que solo se ven cuando se cierran los ojos.

El grito de dolor por alguien que parte hacia ese lugar de no retorno. El grito de un recién nacido clamando por algo que nadie sabe a ciencia cierta qué es. La muerte y la vida. Juntas, de la mano, al unísono. Todo mezclado, presente, en combustión. Entre medio tristeza y pobreza ocultas por el afán de esconder todo bajo alfombras de segunda mano. La sonrisa eterna de un cuadro italiano. Imperturbable, inescrutable. Eso es lo que se ve.

A nadie le importa. Hay que actuar. Estar ocupado es el nuevo opio de los pueblos. Matar el ocio que crea los monstruos de la libertad del pensamiento y de la acción. Invadir todo instante, incentivarlo con brebajes estimulantes. Apaciguarlo cuando se acerca la hora del descanso. Y repetirlo. Y repetirlo. Y repetirlo.

Todo se ha hecho ya. A las pruebas me remito.

24/06/2020

texturas

sobre tu rostro puedo ver las historias que se han ido hilando. cada instante de fulgor, de tristeza y de sorpresa. un texto que se despliega sobre las praderas de los pómulos. los ojos dos lagos bordeados por sendos bosques de acacias alineados. las historias se pierden en la profundidad de sus aguas. algunos creen poder leer las almas sobre el reflejo de su cristalina superficie. como quien lee la borra del café. el secreto está sin embargo en ese punto negro, centro sin fondo. imperceptible a los sentidos. la angostura central con su elevación esconde dos cavernas desde las que provienen resoplidos, crecen malezas y conducen al fondo del averno personal. luchando entre el rosa, el terracota y el carmesí están las fauces, las diosas de la destrucción. todo lo que sale de ellas es artilugio, vodevil y prestidigitación. vil engaño en la traducción de las cosas al lenguaje. cuando no silencio, eso que no percibimos porque no sabemos escuchar. todo lo que entra no se salva de Escila y Caribdis. es devorado sin misericordia. conducido al tormento de los ácidos. cuando me veo enfrentado a esas texturas, me reconozco en el paisaje. sé que también soy eso. y no me decido entre lanzar mis propios ardides, o hundir mis inclementes colmillos.

19/06/2020

imagen - palabra


La imagen es una palabra. Sus huesos, signados por el desconocimiento de su propia existencia, se elevan, no levitan, transformándose en pequeños edificios que crecen como plantas. Al verla desde la parte superior, la imagen, esa palabra, vemos que conserva su silueta. Únicamente su acercamiento resulta perceptible. Mirarla lateralmente da la impresión de asistir a la construcción de un complejo urbano sin alma, abstracto, puro acero y concreto.

La palabra es una imagen. Penetra en la hoja blanca, la perfora y se pierde en las profundidades. Deja una marca candente igual a la de la temporada de yerra. Delante nada y detrás vacío. La palabra, esa imagen, es pura forma en dos dimensiones. Sin cuerpo y sin estructura, su espíritu emana significado.

No hay palabra sin imagen. Todo es línea recta, curva, trazos perpetrados sobre el papel impasible que nada dice, mientras se dibuja esa imagen, la palabra. Tinta negra sobre fondo blanco.

No hay imagen sin palabra. Todo es mármol que el cincel esculpe. Golpes secos y precisos del que va emergiendo el embrión palabra, esa imagen. El papel grita y se queja. La forma se crea delineando el vacío. Tinta blanca sobre fondo negro.

29/11/2019

Eleusis


La palabra se hunde en su cuerpo como una navaja. Comienza a girar y la sangre busca su camino de salida. Cae sobre la tierra virgen, las únicas raíces que ese cuerpo echará. Cada gota parece gritar Heimat! y detrás quedan todas esas experiencias extraterritoriales. Una serie de casualidades que cuando la bolsa de la morgue se cierra se llama destino. Todo estaba escrito en una página de un libro perdido en un estante de una biblioteca inaccesible. Mientras la incredulidad producida por el dolor de la hoja afilada de cada nueva palabra. Mientras los poros buscan fijarse a cada momento guardado, olvidado, reescrito en la memoria. Mientras se despierta la fuente de Mnemósine y sumerge todo bajo un manto de agua. La línea del tiempo queda dispuesta en un único plano donde todo se superpone, convive, mezcla sus efluvios. Lo material y lo inmaterial no logran distinguirse. Notti senza nome, da far tremare il cielo se confunde con dátiles rellenos de pistacho traídos de Arabia, el primer no (mucho más cruel que el último, pero también mucho más inocente) tiene el aroma de un cappuccino en la calle Francouzská praguense, las baldosas que se adhieren a la suela del zapato en Palma (idénticas a las de Montevideo) son tan cálidas como la grappamiel en un pueblo perdido a mil metros de altura en Sicilia, el agua salvaje de las playas de Rocha llega a la arena roja de una orilla en Santorini, la Ruta de la Seda se confunde en los relatos de un escritor polaco con los nombres heredados de su heterogénea familia, la danza se produce cuando se termina la música y el sopor no sigue al alcohol, sino a un té inglés (extraído por manos indias en anónimas tierras de Assam) bebido observando la inclemente lluvia montevideana a través de una ventana de una café en Estambul, Agnes hace su saludo desde la Inmortalidad mientras trona Latejapride* en un teatro del Cerro, los balbuceos en alemán se transforman en una reunión que (¿tuvo alguna vez lugar?) con aquella persona (¿qué acaso existió?), la música de fondo es el Saxophone Colossus en una hora de francés con En avant la musique, la experiencia de la muerte emanando de un beso robado en la oscuridad de un parque (eran las vacaciones, era la ciudad de Piria), el último sí (repetido, gastado, harto de su existencia, incomparable con el primero) y el concierto en un bar británico de mala muerte, la cerveza en una bota de cristal de litro en un bar de Bremen mientras las noticias anuncian que la desmemoria confunde justicia con venganza, la victoria con el gol pasada la hora y el grito mudo tras una caída en el jardín (y del muro de un estadio, y de un puente, y de la imaginada al asomar la nariz en una terraza sin baranda), la bofetada y el aroma de los limones en la tierra meridiana de Goethe, tu pelo deslizándose por su mano sin tener idea de cómo pagar esa o aquella terrenal cuota, el puente que une dos ríos y el sabor de la sal en los labios lleno de aventura de juventud bajo el sol aniquilador del verano, el saco tan buscado y encontrado en un mercado de Camden que justo en ese momento es apretujado porque quien tenía que estar se fue (quien tenía que irse se quedó), los pasos título en mano por los pasillos de la universidad y el sentimiento de soledad un domingo de aburrimiento gris como el día y oscuro como la noche, la foto que le tomaron el grito de dolor tras el codo roto en la caída de la bicicleta y el placer del primer revelado en la sala oscura de la esquina más alejada hacia el norte de la avenida, el orgasmo con el que ambos soñaron y nunca sucedió y la sandía llena de semillas bajo los cálidos pinos, la crueldad sin explicación en la forma de palabras como puños soñando con posar los pies en las galerías que ostenta El arca rusa, el café humeante como droga en la última noche antes del examen y esa chica que perdió el ómnibus en el sur de España, el cálido pan Naan partiéndose entre sus dedos antes de llevarlo a la boca mientras encuentran otra bomba tirada por un avión en la II guerra en algún (cualquier) punto del territorio alemán, el terror no de un film de terror sino de La noche de los lápices y la voz más dulce de una mujer desconocida que un día de lluvia torrencial le ofrece a un niño cubrirlo con el paraguas y acompañarlo en su camino a la escuela, esperar en vano a la chica californiana a las cinco en punto para observar el atardecer parisino desde la torre Eiffel (también podría haber sido desde Sacré-Cœur) con la palpitación en aumento ante el tono del teléfono de una llamada buscando respuesta yendo por la calle Montevideo hacia el teatro Colón (o saliendo del Museo Sorolla). Todo es uno y lo mismo cuando cae el telón con la última gota. Es el momento de entregarse a Deméter. La cosecha queda en sus manos.

25/04/2019

Iter

          Me muevo por el camino que dicta el blanco de la hoja como recuerdo haberme perdido por otros tantos caminos y senderos, sin demasiados aspavientos o poesías. Me refugio del sol bajo una tímida superficie de lino que parece sonreír con la suave brisa llena de polvo amarillo. No puedo decir que estoy en el desierto, aunque no se ve un alma a la deriva. Imagino, imagina, que estoy en alguna de esas encrucijadas del bel Paese, entre una ciudad atronadora de caffè, ruinas caídas o que emergen desde el más ignorado de los agujeros, llegando casi a algún abismo que da al mar o a alguna de esas playas libres de lido.
       O imagino, imagina, que el estruendo entre margaritas ya ha quedado atrás y a donde estoy llegando es a una cala a la que hay que bajar por las sinuosidades de la roca, pulida por el imperturbable viento y carcomida en su tramo final por los milenios de agua y salitre. Por donde yo desciendo y antes otros subían, bucaneros y aventureros trayendo los objetos más inesperados de tierras ignotas, se extienden bravos pastos que luchan por elevarse entre las piedras y por emanciparse de la inclemente presión del sol. Distintos sentidos del placer, distintas formas de ser y de existir, imposibilidad de trasladar y de entenderse. Sólo la idealización de cada momento ajeno como forma de instalarlo en el firmamento de la comprensión íntima del cosmos. 
       La espuma que antes parecía una lejana sonrisa ahora produce anillos en mis tobillos. Siento como sube el sabor de la sal hasta mis labios para comunicarme que ya no tengo que seguir mi vida trashumante para ver y tocar el mar. El horizonte, esa línea inventada para poder entender lo que es el infinito, me observa desde lo más profundo del azul marino y el celeste que se eleva con su par de nubes, queriendo parecerse al tímido echar humo de una locomotora que avanza en cámara lenta.
       Como todo tiene que morir para poder convertirse en otra cosa; al gusto de algún alma gemela que bien podría estar al otro lado del mar, allá por las costas de Éfeso, dejando que sus tobillos se dejen aprisionar por otra agua y otra espuma, la misma que me ha liberado para que yo pueda continuar mi camino; le doy la espalda a levante y me dejo maravillar por la colosal roca que se yergue ante mí. En su cima sostiene mi deseo de descanso. Así, con tan poca cosa, he dejado que la hoja dejara libre un camino como otro sendero más sobre los que he apoyado mis polvorientos pies, y continúo, silencioso, sin dejar máculas, sabiendo que a fin de cuentas todo no pasa de una piadosa mentira.

02/12/2017

Día y niebla

La niebla atorada en la garganta como colchón algodonado que adormece la nada que parece querer proteger. Acompaña los pasos distraídos de alguien que se deja llevar entre luces enmarañadas que conducen a un tren perdido entre los rieles. Lo llevan a una estación desorbitada en la que miles de ojos cuerpos celestes sin luz propia palpitan el nuevo silbato de un tren que llega y un trance que sale. Valijas llena de estertores con la incertidumbre sucumbiendo al sobrepeso. Algo para comer y jugar a llenar el infinito vacío existencial de las entrañas. Asomar la nariz a las afueras para tomar aire fresco mientras el filtro de algún cigarrillo se ocupa de distraer la mirada mientras se cuela hasta el último recoveco del pulmón derecho. A la izquierda un órgano fosilizado a la espera de que alguna geóloga tenga a bien despegarlo de la roca y trate de descifrar su dibujo. Las tiendas se erigen más allá de la mirada como templos de otras culturas llenas de objetos raros y ajenos. Las luces lo contaminan todo pero no tanto como el ruido de la depresión urbana. Roto de naturaleza los seres que habitan este zoológico solo piensan en proteger su celda mientras rumian sobre la belleza de una existencia que no poseen y no luchan por adquirir. Ahogados por la noche salen los seres a buscar su presa. Ellos mismos. Todos pardos. Como vampiros que escapan al rey sol Hermes brillante que delata cada curva que acuña la tristeza sobre los rostros. Viñeta existencial que aflora bajo el diablo del mediodía. Me transformo en el día que huye de sí mismo. Acelero el paso para acelerar las horas los minutos los segundos. La guarida está detrás de la mirada narcotizada que descubro del otro lado del espejo. Cuando me giro llego a atisbar que ambos nos vamos en la misma dirección. No sabiendo a dónde. Escapando para terminar presos de la misma mentira. Otro día bajo la luna en cuarto menguante. La sangre se ve violácea mientras me relamo. 

23/05/2017

Sin título (Opus sin número)

© Iani Haniotis

busco la palabra alucinógena que me lleve más allá del lenguaje. un viaje chamánico que me transporte a los confines del universo. yo. la inocencia salida de las cavernas encadenada a la gramática. busco la válvula que me expulse del vacío a esa región donde no existe nada. ni el vacío ni la nada. quiero que las palabras entren por mi boca y salgan por mis oídos sin pasar por mi cerebro. anhelo escuchar el verbo exterior antes de contaminarse de significado. antes de volver a salir. no sé por dónde empezar. lo único que poseo es el alfabeto para dibujar mis sueños y pensamientos. tal vez sea hora de apagar la luz y aprender a galopar como un caballo con los ojos vendados. sé que mientras haya luz eso será una palabra. luz. nostalgia de un grito primario. busco a mi Virgilio andino para que me conduzca por los caminos que no tocan infiernos ni purgatorios ni cielos endemoniados. comenzaré una danza con los pies hasta que el estruendo de la tierra me ensordezca la memoria y la concepción de un futuro. no deseo una identidad. sólo dejarme transportar más allá de los confines del universo. yo. luz. nada. no tengo palabras. me sobran las palabras. desde la primera a la última. desde antes de ser palabra. todo es una mentira un engaño o una verdad defectuosa. que el cuño desaparezca como desaparecen pueblos ciudades y civilizaciones. que se borre cada atisbo de letra. hasta su página en blanco. que desaparezca también. junto con la idea de su desaparición. dejar el nombre como quien se desnuda antes de adentrarse en la invisibilidad. convertirse en eso que es el innombrable. y dejarse llevar por las aguas de un Leteo sin nombre. en un barco que no existe. con los ojos portando sendas monedas que nunca fueron. busco esa palabra alucinógena

07/05/2017

La Máscara


Desde la comodidad previa observo la plaza que se extiende frente a mí. Mi mirada protegida por los cristales del ventanal que me ofrece una plaza. Llega el ocaso y el inicio con su coro: Die Revolution ist die Maske des Todes. Der Tod ist die Maske der Revolution. Mantra de una tarde que se convierte en noche. La Revolución es la máscara de la Muerte. La Muerte es la máscara de la Revolución. Acompaña un espresso. Una sala espera. En su interior, La Misión. Der Auftrag. Un experimento. Un reencuentro. La primera vez fue en una sala que hoy ya no existe en una ciudad que ya no es la misma. Su nombre era Montevideo. Hoy se llama Munich. En la Sala espera la incomodidad. Sin espresso. El teatro de la Revolución comienza en breve. El teatro dentro del teatro, sin saber cuál es cuál. En el culmen de lo sofisticado, la barbarie. En el culmen de la barbarie no hay maquillaje. El mensaje es bilis arrojado desde el proscenio. Heiner Müller recita incansable su propia obra. El autor es el actor principal. Virgilio que nos deja a las puertas del Purgatorio, porque tal vez no exista otra cosa que el Infierno. Nuestro refinado sentido nos hace creer que tal vez sea lo contrario, Cielo y algo de Purgatorio. Heiner Müller se obstina en mostrarnos que no tenemos razón. Una Misión es una Misión es una Misión. A una la llamamos Historia. A otra mera anécdota insignificante. Pero una Misión es una Misión es una Misión. Tres arlequines sobre el escenario lo ponen de manifiesto. La guillotina opera haciendo su delicado trabajo. La burocracia hace lo suyo. ¿Es todo una comedia? ¿Un drama? ¿Una ironía de la historia? Heiner Müller no nos lo dice. Él lee su obra, cigarro en mano tal vez, carraspeando de tanto en tanto. El autor que se interpreta a sí mismo. Tres arlequines sobre el escenario. Todo es para nada. Die Revolution ist die Maske des Todes. Der Tod ist die Maske der Revolution. Un mantra que se repite en la incómoda noche desolada. La Revolución es la máscara de la Muerte. La Muerte es la máscara de la Revolución.

05/05/2015

El camino de la estepa


Hay días, como hoy por ejemplo, cuando la primavera anda malhumorada. Tira unas nubes pesadas sobre la ciudad, que cuando se cansan de soplar dejan caer gruesas gotas de agua. Sobre el atardecer suele producirse la pausa y el cielo y el aire parecen ser un todo gris azulado porque la luna va tiñendo ya con sus tonos los huecos que el camuflado sol va abandonando. Es el momento para dejarse llevar guiado por el espíritu de Harry Haller, por las verdes y densas estepas que bordean la corriente de mi río, el Würm, que los días de tormenta deja oír más claramente los susurros de Heráclito y ostenta más intensamente el verde danzante de las algas que aprisionaban a Ofelia. Hoy me adentro en el camino de Hermann Hesse.
 

14/02/2015

De la vida sagrada

La vida de todo ser humano debe ser sagrada.
Lo sostuvo Kurt Eisner, que fue asesinado por la espalda de un tiro monárquico. Pasó un tiempo en Stadlheim por pacifista, tras invitar a huelga al sindicato de la industria armamentista de cara a la I Guerra Mundial. Denunció la responsabilidad de Alemania en el estallido de dicha guerra. Como periodista fue el editor que sucedió a Wilhelm Liebknecht en la publicación Vorwärts (Adelante). Wilhelm era el padre de Karl Liebknecht, también asesinado. Como Rosa Luxemburg. Ser pacifista en la primera mitad del siglo XX en el corazón de Europa se paga con la vida. La vida de todo ser humano debe ser sagrada. Kurt Eisner iba de camino a presentar su renuncia al parlamento bávaro. Una bala nacionalista lo traicionó por la espalda. El dueño de la mano ejecutora fue proclamado héroe por muchos. Kurt Eisner, partícipe de la revolución que derrocó a la monarquía de los Wittelsbach, que proclamó la República de Baviera, que fue su primer Ministro Presidente, había denunciado los intereses de los capitalistas, de los políticos, de los industriales y de los aristócratas como origen de la guerra. Kurt Eisner era socialista. Y era judío. La vida de todo ser humano debe ser sagrada. Su ejecutor también pasó un tiempo en Stadlheim. Después de ver condonada su pena de muerte y pasar cinco años entre rejas, de dejarle su celda a otro austriaco bastante más conocido. Kurt Eisner cumplió su injusta pena en el mismo lugar que sus victimarios. Porque creía en algo: La vida de todo ser humano debe ser sagrada.

©Iani Haniotis

30/11/2014

Der Himmel unter München / Las alas de la indiferencia


ando en las nubes. el azul es un túnel iluminado. al final creo ver la oscuridad. me dirijo hacia allí. nubosidad variable. arrastrado por la gravedad. entre copos de algodón. mis alas emprenden un vuelo hacia ningún lado. todo está al revés. es representación. no hay voluntad. el cielo bajo Munich es un túnel. Die Flügel der Gleichgültigkeit. al final creo ver la oscuridad.
©IaniHaniotis2014

27/09/2014

InsTANtes TAN esponTANeos (3)


El metro convertido en aventura bamboleante, los estómagos se transforman en una amenaza de bomba a punto de explotar en cualquier momento. Existe un fenómeno que lo provoca: la fiesta de la cerveza. Vestido típicos que invitan al análisis freudiano a través del lente de "La fuente y la doncella", ellas princesas inocentes saliendo de un parque lleno de leñadores. En cada parada salen despedidos o empujados por las amistades seres trastabilleantes que buscan aire fresco o poder eliminar la bilis que pugna por salir. En cada parada entran y salen miles de almas, el público se convierte en una grada que es toda platea. Cuando toca mi turno de bajar muy cerca unos brazos se arrojan sobre el pasamanos a un lado del andén, se asen con sus últimas fuerzas y comienza un rugido, el público celebra y el leñador se siente un gladiador luchando sobre la arena romana y ruge con más fuerza, el público ríe porque eso le puede pasar a cualquier buen hijo de vecino, pero ahí, justo ahí, es cuando hay que demostrar que se es un hombre de verdad, entonces el rugido se hace feroz imitando al león que se desmelena. Cada rugido es un vómito que expulsa litros de cerveza, porque un hombre de verdad a lo menos debe tomar tres o más litros, mezclado con pollo asado y ese pan trenzado llamado Breze junto al Obaatzda que es una especie de queso cremoso tipo Camembert con especias. La multitud se aparta no por temor al león sino para evitar el salpicón bilioso y maloliente mientras echa una sonrisa cómplice. El león queda apoyado inmóvil sobre la baranda, es el rey de la estación y lo ha demostrado valientemente, si la valentía ha de medirse por el tronar de sus entrañas, no de sus pulmones. Pero ahora no puede moverse a riesgo de caer sobre la materia que ahora es su alarido primario. Mientras me alejo en dirección a la salida pueden verse dentro de los vagones del metro seres medio dormidos tratando de sostenerse sobre sus pies o inevitablemente mirando en sus celulares las fotos recientemente tomadas en la celebración. Un hombre con los ojos entrecerrados me vislumbra a través de la ventana y levanta dos dedos en forma de v. Victoria. Peace, man.

La mujer grita. En la noche la ciudad parece despertarse de la somnolencia diurna y de la jornada laboral narcotizada. La mujer grita. Nadie se mueve. Pero miran con curiosidad. En la noche florecen los desplazados, ignorados durante el día. Ocupan un lugar. Dejan el silencio muchas veces. A gritos, como ahora. Al constatar que no representa peligro alguno, cada uno vuelve a su asunto. Hablar con su vecino. Mirar el teléfono otorgándole realidad a lo que está lejos, no a lo que está alrededor. El hic et nunc se ha convertido en una ficción que en el mejor de los casos puede volverse digna de ser fotografiada o filmada, para que otro ser en otro lado pueda verlo en su dispositivo electrónico y así transformarlo a su vez en realidad. No sé si alguien se fija ya en la mujer, pero la mujer continúa gritando. Al parecer insulta. Sus palabras no se entienden. Su voz suena amenazante pero ella no luce peligrosa. Parece alguien que sufre del síndrome de Tourette. Luego se calma. Como un animal que encuentra algo que le llama la atención, en ese momento retoma la cadena de gritos. El concierto de risitas y miradas esquivas puede sentirse, por momentos incluso verse. Muchos miran con impaciencia si el metro asoma la trompa con su ojo ciclópeo por el túnel. Ahí, ahí viene. Todos hacen fila, como si el capitán pasara revista, firmes en paralelo a los vagones. Todos normales. La loca de los gritos todavía no da el paso al frente. Pero cuando las puertas se abren el alivio se disuelve porque el equipaje de gritos finalmente entra al vagón. La mujer calla. Busca un lugar donde sentarse. Lo encuentra, y cuando todo hace parecer que el vagón será como una cuna que con su movimiento calmará a la bestia, los gritos comienzan nuevamente. Algunos pasajeros que no presenciaron lo sucedido en la estación se sobresaltan un poco. Entonces descubren que es sólo una loca y que no representa peligro alguno. Y se calman mientras toman prudente distancia. Y comienza el concierto de risitas y miradas esquivas. Cuando los gritos e insultos en ese idioma que sólo parece comprender quien los profiere se transforman en un elemento más de lo normal todo el mundo vuelve a su asunto. Unos hablan con su vecino. Otros echan mano de su teléfono celular y se sumergen en esa pequeña pantallita. El universo se disuelve y con él los gritos y la pobre mujer, la pobre mujer que en su desamparo se la ve totalmente desequilibrada y que con sus gritos finalmente ha logrado la atención efímera de quienes estaban cerca. Una cotidiana victoria pírrica. Pero la atención no es para ver si lo que en realidad necesita es un abrazo o para preguntarle si pueden hacer algo por ella. Lo justo y necesario para evaluar si tenían que correr y protegerse. La pobre mujer se presenta en su total desesperación solitaria. El resto se camufla silenciosamente en su ansiolítico 4G.

La mujer mira en mi dirección y se ríe. Pero no me ve, ve a través mío. O no ve nada, sus ojos parecen moverse sin enfocar en nada. Pasa desapercibida, pero si uno se percata de su presencia atrae la atención enseguida. Es mayor, su pelo largo descuidado, entrecano y mal teñido, más que sujetado parece sostenido por una pinza que se esfuerza en ejecutar su función. Cuando ese algo que invita a detenerse en ella conduce la mirada a su boca se encuentra la explicación. Su boca está desmesuradamente pintarrajeada de rojo. Labios y más que los contornos sumergidos bajo una capa de rojo eléctrico. Es una drama vivo. Y en ese momento su boca se abre en una sonrisa. Pero no es una sonrisa alegre, es mecánica, como esos muñecos gigantes de los parques de atracciones que más que alegría despiertan pavor. La boca cierra su mueca roja de la misma forma. Una muñeca de madera con cachetes rígidos en versión carne y hueso. Su cabeza gira en otra dirección y vuelve a abrir la boca, con la misma sonrisa. La mujer está sentada en las afueras de un café en un centro comercial subterráneo por el que pasan millones de personas. Su indumentaria es discreta como de una administrativa que ha pasado más de treinta años detrás de un escritorio en una oficina que nadie visita. Su pelo aunque desarreglado no dice mucho, es al recaer en su expresión y en esa boca de payaso que se abre y se cierra sin expresión, como si estuviera esculpida en cera, que se vuelve un imán a los ojos. Su café impertérrito sobre la mesa, dando señales de humo. Lo hipnótico, al menos para mí, va acompañado de la pregunta de si realmente está viva. La sonrisa denota un grado de enajenación que invita a pensar que tal vez sí sea de madera o de cera, o que sea en eso en lo que ha terminado por convertirse. Y giro mi cabeza cuando mi camino me aleja. Ella sigue sentada en su taburete. Hasta que mi ángulo hace ya imposible verla todo se repite. El café estático, olvidado, convirtiéndose lentamente en agua fría de color marrón intragable. Y esa boca gigante que con sus márgenes rojos asume una forma rectangular como una señal de tráfico que algún niño señalará y querrá mostrar a su madre mientras busca la rueda gigante y el tiovivo que normalmente son también parte de las atracciones.

30/08/2014

ahí donde termina la letra

ahí donde termina la letra
y comienza el agua
está el territorio
la patria es ese lugar
donde todos nos ahogamos


© Iani Haniotis 2014

28/08/2014

insTANtes TAN esponTANeos (2)



Creo que llego tarde. Ahí viene mi tren. Mirando como sin mirar, como siempre que estoy con prisa. Y en ese momento, aparecen. Son dos. Cada tanto me les encuentro en diferentes puntos de la ciudad, estoy casi seguro que siempre, abordando o a punto de abordar un medio de transporte. Como ahora. Pero aquella vez viajamos en el mismo vagón. No puedo definir a la pareja. Son hombres. Calculo a grosso modo que están alrededor de los cincuenta años. Decir que visten como mujeres resulte tal vez excesivo. Tampoco pretenden parecer mujeres. Para ponerle pies y cabeza: cabelleras rubias, bastante largas. Ojos azules. Normalmente al menos uno lleva bigotes. Son bastante delgados, pero de apariencia algo fornida, como de gente que trabaja con su cuerpo más que como alguien que va al gimnasio. Sus zapatos deportivos parecen salidos de un concierto de rock de los años '70 u '80, de riguroso color blanco. Siempre indefectiblemente en pareja, van de camiseta o blusa, normalmente chaleco por encima, gorros con visera y mini-shorts. Muy mini, cavados, piernas y gran parte de las nalgas al descubierto. Su piel cumple con la generación del bronceado perfecto, también en invierno, al igual que los mini-shorts, cuando mis ojos pueden divisarles por la ranura que queda entre mi gorro de lana y mi bufanda. A veces van discutiendo a vozarrones. Sus voces más parecen graznidos. Nunca llegué a entender una palabra de lo que dicen, como si hablaran un idioma propio que sólo ellos pudieran entender. Su andar es brusco y se diría que están siempre apurados. La gente no puede dejar de mirarles, pero nadie, que yo haya visto, nunca se ha animado a dirigirles la palabra cuando ellos van chocándose con el mundo. Imagino, por las expresiones, que muchos ven un espectáculo grotesco móvil, muchos quieren reír, pero una especie de miedo se los impide, a los sumo, como si hubiera un panal de abejas cerca, se despierta un fuerte zumbido de susurros llenos de comentarios por lo bajo, porque ven que la cosa va en serio, que no es un rol del momento: son eso. ¿Trabajan? ¿Son pareja? ¿Familiares? ¿Hermanos, tal vez? Guardan grandes similitudes físicas y de comportamiento, se visten como muchos padres visten a sus hijos, prácticamente con las mismas ropas, como un ejército de dos. Cuando llega el tren, todo el mundo ingresa a los vagones y ellos desaparecen por alguna de las puertas. Sé que en algún momento futuro los volveré a ver, como a lo largo de estos últimos años. Me pregunto también, a cuántas personas me he encontrado en esos mismos años con la misma asiduidad y nunca he percibido que se trataba de las mismas personas. Me pregunto también, cuántas personas en todos estos años habrán notado en cada encuentro conmigo que yo soy el mismo que ya han visto.

Gran parte de la vida en una ciudad con metro, es que las entrañas de la ciudad te tragan y te llevan de acá para allá por los rieles subterráneos. Son momentos en que en cada cubículo, si se tiene la suerte de encontrar asiento, te enfrenta a una cara desconocida, un ritual diario. El otro, a un palmo. Con su apariencia, sus modos, su lenguaje, sus tics, sus paquetes. Y su teléfono celular. Jadeante una chica logra ingresar al vagón antes de que terminen de cerrarse las puertas y empujando un par de bolsas logra hacerse lugar frente a mí. Coloca las bolsas en el suelo, entre sus piernas. Lleva una pequeña carterita del que asoma un pompón. No es decoración de cartera, en un momento suena su celular, ella lo toma y comienza a hablar. De repente veo que el pompón se muestra danzarín en el extremo de una piola que sale del estuche protector de su teléfono. La imagen me produce una especie de rechazo y compasión. El pompón se me hace cada vez más grande, es más grande que su cartera. Está ahí, moviéndose como un péndulo al ritmo del movimiento del vagón, colgando de su teléfono, de su oreja, bamboleante. Ostensiblemente le produce molestias a la chica, como si alguien quisiera meterle el dedo en el ojo a cada momento, más o menos. ¿Fetichismo exacerbado? ¿Fue un regalo de su gran amor y no puede tirarlo? No lo sé, pero, ¿cuánto espacio ocupa su celular en su vida? El extremo del adorno para el mejor ejemplo de la tecnología esclavizante. Por otro lado se ve muy real el pelo, ¿tengo delante de mí la piel de un conejo colgando de un teléfono? Ya dejé de hacerme hace tiempo la pregunta de si tales cosas son necesarias, incluso como decoración. Yo pensaba que el límite era que el estuche protector de un teléfono smart era que tuviera orejas de plástico rosadas de conejita de play-boy. Tal vez, alguien haya dado un paso más en el narcotizado mundo del tecno-fetichismo.

Unos días antes el amigo L. posteó una nota sobre Melingo, el cantante argentino. Era de Página/12. Me pareció muy interesante y me dejó pensando que tal vez Melingo tuviera una vida más interesante que su propia obra. O que una dimensionara a la otra. Digo esto sin menospreciar la obra. Recuerdo haber pensado lo mismo de Osvaldo Soriano, a quien admiro, pero siempre he presentido que sus libros parecen fragmentos de algunos de los millones de anécdotas y ricas historias que poblaron su vida. O tal vez era la manera en que él las contaba. El asunto es que entro a la biblioteca pública de mi barrio y me dirijo a la sección de música. Allí, como rutinariamente, me inclino sobre los casi a ras de suelo estantes de eso que ahora llaman música del mundo. Y ahí está el CD "Linyera" de Daniel Melingo comentado en la nota arriba mencionada. A miles de kilómetros de Buenos Aires, en una biblioteca de barrio en un suburbio. Un CD publicado en 2014 de un artista argentino. La curiosidad crece porque recuerdo que antes había tomado en préstamo su "Corazón y hueso", que sinceramente, no me convenció, pero que ya me había llamado la atención que estuviera entre los anaqueles. Alentado gracias a la nota arriba mencionada tomé "Linyera" y me tiene totalmente fascinado. Una obra genial, por lo que celebro haber sido animado a volver al artista. Colijo durante un rato y primero reviso la base de datos de toda la biblioteca municipal y veo que muchas dependencias tienen los dos álbumes. En algunas bajo el rótulo música del mundo, pero en otras bajo el de chanson. Después pienso si acercarme al mostrador de atención al usuario para preguntar cómo fueron a parar esos dos discos ahí. Al final, adepto al encanto del misterio, dejo que baje la fiebre de mi curiosidad y opto por dedicarme a disfrutar de la música. "Cuando se asoma alegre el sol / sobre los campos del Talar, / junto a las vías, van los linyeras. / Llevando como el caracol / la casa a cuestas y al azar, / van los linyeras, todos los días."

16/08/2014

insTANtes TAN esponTANeos (1)

Será cerca del mediodía. La gotas de lluvia reptan por las ventanas del tren metropolitano. Volaron en caída con mayor peso que el plomo de las nubes. Busco un asiento libre. Lo encuentro en un apartado todo para mí. Del otro lado del pasillo una pareja de personas mayores. Mientras me acomodo suena por los altavoces un mensaje que no es la primera vez que escucho en los últimos días. Queridos pasajeros, queridas pasajeras, desde hace un tiempo se está repitiendo la escena, hay músicos ambulantes que están subiendo a los trenes a tocar música. Por favor, la actividad no está permitida y les solicitamos por favor que no contribuyan dándoles dinero. Hace tiempo que presencio la escena en un medio cultural donde no es costumbre que los músicos ambulantes suban a los medios de transporte y pidan algún que otro doblón. Puedo ver que la tonada es más o menos siempre la misma, el instrumento siempre un acordeón, los intérpretes muy probablemente rumanos o búlgaros, aspecto gitano. Puedo ver muchas veces más o menos la misma reacción en muchos rostros. Desaprobación, cabezas que se mueven en pequeños movimientos negativos de desaprobación, con cara de asco y ojos que buscan la reprobadora complicidad. Veo en menor cantidad la indiferencia honesta. No recuerdo haber visto a nadie soltar alguna moneda. Desde hace tiempo comenzó una especie de campaña de prensa local denunciando mafias de limosneros. Todavía no sé qué es una mafia de limosneros. Piden dinero y si no les das ¿te dan il bacio della morte? Termina el mensaje del tren y a continuación desde el final del vagón comienzan a llegar los acordes de la música de turno, una mujer pesada y de mirada extraviada. Una coreografía perfecta entre represión y reacción. La pareja mayor a mi lado comienza con los tics habituales de a quien no le gusta la situación. No la música, la situación. El hombre toma su celular. ¿Va a llamar a la policía? Su mujer dice no, no hagas eso, dejá ya. Y él con su aparatito en la mano. Yo me pregunto ¿qué va a hacer, va a llamar a la policía, va a colaborar con las fuerzas del orden para informar que un ser inocente de delito alguno (al menos en esos momentos y exceptuando que pueda adjudicarse que su ejecución musical haya sido un crimen) está haciendo algo que los altavoces del metro dicen que no es correcto? No, teléfono en mano se desliza sobre el asiento y procurando que su víctima no lo vea, filma o toma con su built-in camera el momento. Algo bastante más penoso que ejecutar de la manera que sea una pieza musical de forma explícita. El hombre se retrae, creo ver una suerte de relamido que ejecuta su lengua, una especie de satisfacción por la obra de bien recién puesta en acción. La evidencia. Lo que necesita el buchón. Pero el buchón además tiene una asistente de lujo, que cuando se acerca la música acordeón en mano, la alecciona y repite eso no está permitido en el metro, policía, no permitido, policía, dinero no. La música repite como autómata, pesada, con mirada extraviada. Continúa su recorrido por el vagón. Un hombre que hay más adelante, yo ya lo había notado, tiene una identificación en la mano, se la muestra y le susurra algo. No escucho, pero es un policía de paisano. La mujer le presta atención, deja de tocar. Baja su instrumento, se sienta, y continúa el viaje como un pasajero más. Yo tengo que bajar. Siento que tengo que decirles algo a mis compañeros de viaje. Que su acción es peor que tocar música en un metro. Que molesta más la gente que va hablando todo el tiempo por su móvil por todo lo alto como si estuviera en el living de su casa, cuando uno se entera de cosas importantísimas de la vida laboral o privada de los demás, como que después de horas encontró el tornillo correcto, que la secretaria de la tarde usa lentes de montura roja o cosas aun más interesantes. Que al final es una tonada estúpida pero que vivimos en la dictadura de las tonadas estúpidas de miles de altavoces en medios de transporte, en cafés, en bares, en ascensores, en oficinas, en contestadores. Que existe una palabra que se llama colaboracionismo. Desciendo del tren, ya es tarde. Mis pensamientos reptan en sentido contrario al de las gotas de lluvia de la ventana.
Estoy a metros de una cita, caminando por la calle. Paso por la zona de contenedores de basura y reciclaje. Una señora parece tener uno de ellos como extensión de su brazo, o como prótesis. O podría decirse que la boca de uno de los contenedores, con su diseño de ojo de buey, parece haberse tragado al brazo de la señora, una especie de Jonás moderna tragada por la ballena de la basura de plástico. Sé que es la de plástico y sé que está buscando envases por los que le entregarán unos céntimos en el supermercado. Existe una legión de esas personas, que se multiplican cuando hay espectáculos al aire libre y van con carritos de la compra a la caza de envases que la gente deja despreocupadamente por todos lados. Se nota que los hay especializados, capaces de distinguir a metros de distancia cuál envase puede significar dinero y cuál no. Hay algunos con más de un carrito o directamente con una especie de tanque de maniobras a tal fin. Un concierto, después de todo, puede significar varios euros. Pueden verse por las calles, por las estaciones, caminando casualmente pero deteniéndose de manera abrupta sobre un tacho de basura, como si hubieran perdido algo y no tuvieran más remedio que meter la mano entre los restos. Visten de una manera normal, nadie diría a simple vista que ahí viene un pobre. Cierto que a veces uno aprende a reconocerlos y sin duda el carrito a su lado resulta un agravante. Pero esta señora que parece haber perdido su brazo completo dentro del contenedor en un momento retira su brazo, que afortunadamente compruebo está ileso, y lo que tiene en la mano es una especie de palo pero de aluminio con función retráctil y una especie de punzón en la punta (deduzco que un imán no puede ser si pretende pescar plástico) con el que pretende llegar a recónditos envases escurridizos. Una vez el brazo fuera mete la cara en el ojo de buey y registra detectivescamente si todavía hay envases que valgan la pena. Al parecer sí, porque vuelve a la carga y el brazo desaparece nuevamente, lanza descolgada de su astillero por delante. Mientras continúo mi camino rumbo a mi cita giro un par de veces la cabeza. Luego la mujer comienza a perderse de vista. La imagen de esa extensión metálica me deja pensando. Los métodos de la supervivencia. El aluminio, ese material que se junta en el contenedor contiguo también para su reciclaje, convertido en recolector de algún tipo en la forma de un palo, al servicio de una persona que a su vez lo recicla en un instrumento para moverse entre los meandros más bajos que nuestra sociedad genera. La sofisticación máxima al servicio de revolver entre lo que otros desechan. Me pregunto si el hombre de la pareja del metro tomaría también una foto para su registro de actos indignos del día.
Anochece y emprendo el camino a casa. En parte a pie, vieja costumbre peripatética en la que si no hay con quien dialogar dialogo conmigo mismo, o dicho de otro modo, me entrego a esa arcaica actividad en desuso llamada también pensar. Cada ciudad tiene lindas zonas por las que moverse a pie, sin importar cuán a menudo. Luego alguna boca de metro por la que desaparecer entre las entrañas tentaculares del tren subterráneo. Paso por un café que no sé si está de moda, pero que sin duda es día y noche muy popular. Durante el día la gente toma asiento dentro y cuando hace buen tiempo también fuera, sobre una especie de desnivel entre el local y la acera que tiene enfrente unas mesas enanas (en una casa diríamos ratona tal vez) y diminutas, en la que difícilmente pueden apoyarse dos vasos, no digamos un plato de comida. Pero si hace buen tiempo, nunca hay mesita libre. La gente luce como en cuclillas, por la pose no puedo decir que parezca cómodo así, incluso me atrevería a decir que más cómodo podría ser comer sobre una alfombra directamente a nivel del suelo. Pero eso es poco, cuando cae el sol comienza a reunirse más y más gente, resulta imposible siquiera ingresar para ir a los aseos, no hay una sola noche en que uno pase por allí y no tenga que bajar a la calle para poder avanzar porque hay una masa de gente agolpada frente al café, en las mini mesitas lilliputienses y en cada centímetro cuadrado de vía pública. La multitud en parejas o grupos de tres o más se extiende a los lados del local, a veces muchos metros, algunos son fumadores que de todos modos deberían estar fuera, pero el resto parece seguir algún mandato de la moda, ir a un café, arreglarse acorde a la situación, pagar el precio de una bebida como se paga en un café, para luego tomarlo en un vaso de plástico en plena calle y sin servicio, exactamente igual a como cuando antes el grupo de amigos adolescentes se juntaba por la noche y entre todos arrimaban lo que tenían para comprar un par de cervezas o un vino en envase de cartón para tomarlo en alguna escalinata o esquina más o menos iluminada, para eso, para conversar un poco. Sin aseos, a excepción de los arbustos, y sin tener que arreglarse mucho.

12/04/2014

territorio meteco



territorio meteco

lo extranjero ahí / lo que no existe / de eso también extranjero / que se mueve a través / de ese objeto / otro mundo / sin sangre / con tinta / el lenguaje

que habla
                 cuando no dice
                              que dice
                                            cuando no habla

y que tiene / como escudo de armas / el dibujo de ese león / que es la frontera / entre  el significado / y lo visible

heráldica inútil

el lenguaje es lo otro / que está en nosotros / el territorio / que no existe / sin tinta / con sangre



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meteco


meteco (del gr. "métoikos", extranjero)
1 adj. y n. m. En la Grecia antigua, *extranjero que se establecía en Atenas y no gozaba de todos los derechos de los ciudadanos atenienses.
2 *Advenedizo, *forastero o *extraño.
(Diccionario de Uso del Español María Moliner)

Meteco

lo extranjero como categoría
                                                    ontológica
del cuerpo
del río
            indiferente
de vos
           de acá
de allá
           de acá
del presente
                      del pasadofuturo
del todo
               la nada
de yo
inconsistencia
esquizofrenia de los mundos




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territorio

territorio (del lat. "territorium") m. Porción extensa de tierra, determinada geográficamente de modo natural -para este caso es más frecuente "país, región o tierra"-, o políticamente o como ámbito jurisdiccional: "El territorio regado por el Ebro. Un territorio independiente. El territorio del condado". (Arg.) Específicamente, división administrativa a cuyo frente está un gobernador. Zool. Espacio que elige un animal para desarrollar sus actividades y que defiende frente a otros individuos.
Notas de uso: "Territorio" no se emplea partitivamente, de modo que se dice "una porción de tierra rodeada de agua por todas partes" y no "una porción de territorio..."; en plural, se emplea sólo con referencia a partes de una entidad política: "la anexión de territorios".
(Diccionario de Uso del Español María Moliner)

Territorio

el territorio no existe
                   invención
                            el mapa metáfora de la
                                      irrealidad convertida
                                               en realidad suprema
                                                        el sinsentido con sus
                                                                  líneas donde cruzan
                                                                           es matar morir
                                                                                     donde cruzan
es ser humano inhumano
                                                                                     Untermenschen
                                                                  definición dada por la frontera
                                                                                     Untermenschen
                                                                           definición dada por
                                                                  el territorio seminal




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